Sobre el objeto físico como apoyo a la memoria.
Todo empezó con un recuerdo de cuando era niño: al visitar a mis abuelos, su casa era un universo por explorar. Puede que de ahí venga mi curiosidad por descubrir el mundo décadas después.
Recuerdo encontrar en el desván de mis abuelos una antigua caja de latón, con marcas de óxido por el tiempo, con el rótulo «Fotos». Bastante descriptivo, desde luego. No se pretendía ocultar su contenido.
Y en efecto, dentro había decenas de fotografías, mayormente retratos de gente que me era completamente desconocida. Pero los mayores de mi familia parecían capaces de identificar a la mayoría de las personas que aparecían en aquellas fotografías antiguas, muchas de ellas ya desvanecidas por el paso del tiempo, como si los retratados estuviesen presentes en aquel momento. Me resultaba sorprendente. Verlos hablar de aquellas personas con tanta naturalidad me producía la sensación de que el extraño allí era yo.
Treinta años después, aquella antigua caja con su rótulo tan descriptivo volvió a mi mente de golpe, por sorpresa. Maravillas de nuestro cerebro.
Decidí emprender un viaje y conducir hasta España, a la casa de mi abuela en Yepes, un pequeño pueblo de Toledo, a más de 2000 km de donde vivo ahora, en los Alpes austriacos. Me parecía importante que recuperar aquella caja no se hiciera a través de fotos digitalizadas, recibidas por correo electrónico o WhatsApp, como meros datos de forma instantánea, como estamos acostumbrados hoy en día. Tenía que costarme un esfuerzo llegar hasta ella y conseguir encontrarla.
Ahora, cuando lo pienso, entiendo que aquellas personas no eran desconocidas en absoluto. Las fotografías, como objetos, unían a varias generaciones de mi familia en el espacio que ocupaban. Pero no parecían capaces de unirnos en el tiempo. ¿O sí?
Mi abuela Alicia, de 95 años, es hoy la única que todavía puede hacer de puente entre generaciones y llevar consigo más de un siglo de historias de mi familia que vivió o le fueron contadas.
Y hay algo que me sigue sorprendiendo. A su edad, y con los obvios problemas cognitivos que tiene ya en su día a día, olvidando cosas sencillas, recientes y cotidianas. Sin embargo, cuando aparecen aquellas fotografías, algo cambia. Puede recordar quiénes aparecen, qué relación tenían entre ellos, dónde se hizo una foto, en qué época, qué estaba pasando entonces. Recuerda detalles que para los demás se han perdido hace mucho tiempo. Historias que nadie más conserva. Y cuanto más antigua es la fotografía más vívidos son sus recuerdos.
Es como si las fotografías fueran capaces de abrir una puerta a una parte de su memoria que el paso del tiempo no ha conseguido borrar. Y eso me resulta fascinante. Porque no hablamos solo de recordar una imagen. Detrás de cada fotografía parece haber una historia que ella todavía puede recuperar de la memoria.
Nuestra memoria es muy poderosa aunque relativamente vaga. A veces, basta con mirar una fotografía para volver a un momento que vivimos hace décadas. O para recordar una historia que alguien nos contó alguna vez sobre esa foto y que creíamos olvidada.
La memoria acaba siendo también una especie de pie de foto. Completa lo que vemos y nos permite darle un significado que la imagen, por sí sola, no tiene.
Pero la fotografía como objeto físico aporta algo más. Algo que la tecnología moderna de bits y píxeles no puede darnos de la misma manera. Tiene olor, tiene textura. Podemos tocarla, darle la vuelta, ver cómo se ha curvado con los años y cómo ha envejecido. Y creo que todo eso también forma parte de nuestros recuerdos.
El filósofo Roland Barthes hablaba del punctum: ese detalle de una fotografía que no buscamos pero que nos atraviesa de alguna manera íntima y personal. Creo que ese punctum puede tener todavía más fuerza cuando la fotografía es un objeto físico. Cuando puedes girarla, notar el gramaje del papel, ver sus marcas, tocar una esquina sabiendo que otra persona tocó también hace más de un siglo.
Un archivo JPEG nunca tendrá la intimidad de un reverso con una nota escrita a mano, solo metadatos digitales que lo hacen aun más falto de la esencia humana.
Vivimos en una época en la que estamos inundados de estímulos. No solo estamos perdiendo capacidad de atención o de pensamiento crítico; también estamos dejando fuera otros de nuestros sentidos.
La tecnología ha hecho que las fotografías sean cada vez más fáciles de tomar, guardar y compartir, pero también ha conseguido que casi todo pase por el mismo sitio: una pantalla. En muchos casos hemos perdido incluso la conexión física con la cámara a través del disparador como sucede en todos los móviles actuales.
Susan Sontag ya hablaba de algo parecido hace cincuenta años en Sobre la fotografía (1977). Planteaba la fotografía también como una forma de acumular y poseer el mundo, sin que necesariamente eso implique mirarlo de verdad. Lo que entonces podía parecer una advertencia hoy resulta bastante familiar, cuando tenemos miles de fotografías que probablemente no volveremos a observar.
Nunca antes en la historia de la fotografía se han tomado tantas fotos ni se han recordado tan pocas. Hacer fotos con el móvil se ha convertido en una automatización más de nuestra época a modo de colección y posesión y ha dejado de ser un evento especial.
Actualmente hay más de 40.000 fotos en mi galería del móvil que, por sí solas, son solo bits almacenados en un disco duro en los servidores de una compañía. Puedo verlas en una pantalla, pero no tengo realmente nada físico que tocar. Son ceros y unos ordenados de una determinada manera y, si algún día esa información desaparece, o tan solo el orden de esos bits cambia, desaparece también la imagen.
Algunas de las fotografías de aquella caja de latón llevan existiendo 140 años. No dependen de una suscripción ni de un servidor o de que haya electricidad para poder verlas. Solo han necesitado que alguien, en algún momento, decidiera guardarlas.
Han sobrevivido a una guerra civil y a las penurias de una dictadura que intentó borrar la memoria de todo un país. Y supongo que pueden sobrevivir todavía muchas décadas más.
Revela o imprime tus fotos como objetos físicos!!! El futuro lo agradecerá y valorará con la importancia que tienen!
Esta reflexión se ha convertido en la semilla de un corto documental en el que estoy trabajando ahora mismo, titulado Lo que guardamos que espero poder compartir pronto.